[Lover, you should've come over - Jeff Buckley]
Entonces la Coca-cola era un buen antidepresivo y la tomaba con frecuencia varias veces al día. Me permitía consumar todos los pequeños placeres que debían de hacerme feliz cuando me encontraba realmente triste por todo: levantarme por la noche y meter el dedo en el cocido que mi madre había preparado para el dia siguiente, cortar un trozo de jamón y comérmelo de un solo mordisco segundos después, prometerme no dormir para escribir toda la noche sin parar, leer muchas veces mi poema preferido de Montero, escuchar una canción demasiado comercial como para ser buena, inventarme nombres para futuros textos, ver el tráiler de la Naranja Mecánica. Todo eso era mi vida cuando en mis días no azotaban más que tristezas.
Por las tardes solía subir a la terraza de mi casa a leer y a fumar. Mi casa me gustaba, la encontraba verdaderamente hermosa pintada de blanco emulando un tierno hogar andaluz. Mi madre había colgado tiempo antes, cuadros de chicas en la playa y niños jugando con palas y cubos, a lo largo de algunas paredes. Encontraba aquello hermoso: se había creado toda una simbologia para el verano de aquellos tiempos. La estación empezaba en la inauguración de la primera puesta de sol junto a los colores de aquellas imágenes. Esa tarde elegí releer el Extranjero y fumar unos cuantos cigarrillos, pero me mareaba. Así que bajé las escaleras mientras observaba la mitad de mis piernas en un espejo, sugeridas por una antigua falda negra, las cuales creí se habían tornado ligeramente esbeltas. Me alegré, y ya en el piso recordé que me había prometido no fumar tanto, aunque por aquellos días no podía parar de hacerlo. La noche devolvió mis ganas de ver a M y cuando llamó le dije que podía acercarse porque había preparado una de sus películas preferidas.
Cuando llegó no podimos verla porque él se abalanzó sobre mí mucho antes de que yo pudiera insertar la cinta en el aparato, e hicimos el amor de un modo corrosivo para mí. Me dejó algo dolida en la cama, pero con la excelente sensación de haberme bañado largo rato en agua salada. Acarició mis senos y lió un cigarrillo de los suyos mientras comentaba algo acerca de mis renovadas piernas. Luego, me sugirió abrir una las deliciosas botellas de vino que guardaba recelosamente en la estantería del comedor para alguna ocasión celebrable. Accedí, pese a la situación. Me gustaba estrenar un vino, servir dos copas y beberlas sin respirar. Habían pasado unas horas y algunos minutos en que no habíamos abierto las bocas y me di cuenta de que ese estúpido silencio no me gustaba. Lo miré y me dió verdadero asco verle borracho sobre mi cama. Le sugerí que se vistiera y que quedáramos al dia siguiente para ir al cine, o para tomar un refresco y unas olivas en un bar del centro. Me dijo que sí, pero al cabo de un rato observé que se había dormido en un extremo de mi cama. Me levanté y esperé en el sofá que el reloj marcara las nueve de la mañana para decirle que sería mejor que abandonara mi dormitorio. Así fue, pidió disculpas y se largó con la camisa mal abrochada, de modo que le sobraba un botón y se lo dije, mientras articulaba un insípido adiós con la mano desde lo alto de mi ventana.
Marinero — 05-09-2005 15:54:07
cecília — 05-09-2005 23:44:33
Marinero — 06-09-2005 09:47:22
cecília — 06-09-2005 10:00:16