No nos cuesta adivinar la primera acción del dia de cada uno. Basta con desenganchar un ojo de nuestro sueño babylónico (ya sabes a que me refiero) y mirarnos, para adivinar cual será la próxima posición de nuestras manos y nuestras piernas. Luego, quizás un beso de los que traficamos, y una sonrisa de las que dicen : que bien estamos, y que extraño, despertarnos juntos esta vez. No hace falta, sabemos a que sabe el segundo de después sin dejar de sorprendernos. Después hacemos el amor y nos decimos, quién sabe las veces, que nos queremos más que nunca. Repaso con los dedos la mañana, te miro, y sé que nada me hace falta más que eso, que no es poco, pero tampoco es pedir tanto.
Leemos, El diccionario del diablo, que te presté (aunque sabemos bien que forma parte de nuestra biblioteca, ya, como muchos otros libros y como la colección entera de nuestro querido Charles). Nos reímos de la maldad, y luego pensamos, en lo jodidos que han sido contigo algunos últimamente. Por primera vez, se me encoje el estómago con el daño hecho al prójimo (y mi prójimo inmediato eres tú, que casi soy yo, y viceversa). En algunas otras noches (en las que no hemos estado juntos) he ordenado, escrupulosa, algunas palabras que pienso lanzar, como cuchillos a los otros (esos, que sin pensarlo han herido de nuevo tu amor propio).
Escucho la melodia entrecortada de tus pulmones, te digo que nada pasará, que tendremos suerte. A veces lo digo para hechar a fuera el miedo, para no sentirnos peor, para sonreírnos (pese a lo gris de los días) para engañarnos. Y amar nuestro sudor, y los días tristes, y el perro que ladra - por el estrés, dices - y la risa de tus cosquillas, y el aliento estrecho de la madrugada frente a ti.
Krla — 30-10-2005 10:19:41
cecília — 04-11-2005 09:10:50